Como miembros del Grup de Treball en Salut Mental de CAMFiC nos ha preocupado la publicación en su revista de una cifras de prevalencia de depresión en la población de un Área Básica de Salud del Sur de Cataluña del 46,7% (un 53% en las mujeres y un 40% en los varones)1. Según eso casi la mitad de la población sería merecedora del diagnóstico de depresión. Un resultado tan amplio obliga a revisar la existencia de posibles problemas metodológicos del estudio y/o problemas de definición de lo que entendemos por depresión.
Los problemas metodológicos parecen concretarse posiblemente en el hecho de escoger el sistema de encuesta telefónica, sin confirmar el diagnóstico posteriormente a través de una entrevista, error ya comunicado en otros casos2. También como resultado de atribuir al test de ansiedad-depresión de Goldberg et al.3 características de diagnóstico definitivo cuando tan solo es una herramienta de detección y cribado.
Los problemas relacionados con la in/definición de depresión tienen que ver con considerar el estado de ánimo deprimido como patológico cuando no siempre es así. Una persona que declara un estado de ánimo deprimido puede estar totalmente sana desde el punto de vista mental, pero estar bajo los efectos de un duelo normal por la pérdida de un ser querido, puede sentirse triste por los malestares que comporta el vivir y tener que afrontar situaciones difíciles, crisis vitales, los llamados códigos Z relacionados con un malestar, aunque detrás de este no existe una enfermedad psiquiátrica, o puede padecer un trastorno adaptativo que no llegue a cumplir los criterios de trastorno depresivo. La imprecisión diagnóstica del término depresión, que prescinde del contexto en que aparece el ánimo deprimido, comporta importantes consecuencias en la práctica clínica2.
Por otra parte, el diagnóstico de trastorno depresivo es amplio y heterogéneo, y los criterios diagnósticos no se basan en pruebas objetivas sino en acuerdos de expertos. Su característica principal es un ánimo deprimido y/o la pérdida del placer al realizar la mayoría de las actividades. La severidad está determinada por el número e intensidad de los síntomas así como por el grado de afectación funcional. La depresión severa representa solo un 10% de los casos, mientras que la depresión leve y moderada representan el 70 y el 20%, respectivamente de los casos de depresión, según la guía NICE4.
En el 2001 se publicó un estudio de prevalencia5 realizado en población consultante también del sur de Catalunya con un diseño descriptivo, transversal en 2 fases, una primera cribado y otra segunda a base de una entrevista psiquiátrica estructurada y la prevalencia ponderada era del 14,7% (IC del 95%: 10,7-18,7%) para depresión mayor (leve, moderada y severa) y del 4,6% (IC del 95%: 2,4-6,8%) para distimia. Ambas prevalencias sumadas representan el 19,3% de la población consultante, porcentaje considerable pero que es menos de la mitad del comunicado en el trabajo1 que ha motivado nuestra respuesta el cual está realizado en población general, en principio más sana que la que acude a la consulta.
Con esta carta queremos subrayar el peligro que representa el sobrediagnóstico de depresión6, al que debemos estar muy atentos por sus graves consecuencias consistentes en un empobrecimiento del pensamiento humanístico y un reduccionismo del sufrimiento humano a cambio de una mayor medicalización de la vida, de la estigmatización de las personas, del sobretratamiento farmacológico y de un aumento del gasto sanitario inútil.